
[Foto: Autor Desconocido]
Irremediablemente ga-r-ú-o
y me escurro
imperceptible
por las avenidas superpobladas
de esos rostros que desconozco.
Y que sonríen complacidos,
por mis pasos
de arroyo meditabundo,
desde el otro lado del espejo.
Ese anverso desteñido
de mis circunloquios
de arlequín misántropo.
Queda la nostalgia,
esa maldita nostalgia,
de quien añora la piel
guareciendo los huesos.
Es que me supe
siempre expuesto
en las atalayas sonámbulas
de la conciencia,
tan a la deriva
entre sus designios
de escarcha y oxido bermejo
amantes de las bisagras del tiempo.
Cada mañana
cada bostezo,
el mundo se torna
aún más ancho
aunque decadente,
por el propio peso
de sus giros.
Esos en los que me albergaba.
Esos en los que ya no creo.
Y se extravían
los cantaros todos.
Soy un castillo
de arena y nubes
descostillado
por el desparpajo del océano,
esa marea eterna
a la que llaman vida.
La húmeda sonrisa de la tormenta.
La querella infatigable de los relámpagos.
El hastío insoldable de la llovizna.
Es lo que fui
es lo soy,
es en lo que siempre devengo.
Aun si no lluevo.